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DOMINGO 29 CICLO A 
19 DE OCTUBRE 2009
Yo soy el Señor y no hay otro (Is 45, 1.4-6)

El interés de esta lectura reside en dos elementos: Ciro es un pagano; recibe, sin embargo, la investidura de parte de Dios. Esto es reconocer, a la vez, que el Señor puede distribuir sus dones y confiar un encargo a quien él quiere y no solo a alguien de la nación judía; y es también afirmar que el Señor se interesa por la vida humana y política de su pueblo. Pero esa misión y encargo confiado por Dios a Ciro, deben llevar al reconocimiento de que no existe otro Señor que el Dios de Israel. Ciro ha llegado a ser poderoso, pero su poder lo tiene por completo del Señor.

Este texto es significativo y nos ayuda a entender mejor el evangelio de hoy. «Fuera de mi no hay dios». Esta afirmación del Señor en el momento en que designa y consagra a Ciro como caudillo político, subraya que en la historia nada acontece independientemente de Dios. Si Ciro debe ser obedecido, no es por sí mismo, sino por estar investido del poder de Dios, porque es de Dios de quien él tiene el poder, de Dios que no se desentiende de la vida de los hombres y de su política, debiendo ésta última conducir finalmente a los hombres a la justicia, la paz y la salvación .

La doctrina del evangelio no es, por lo tanto, ni indiferente ni neutra en lo que a la política respecta, pero la política no puede ser neutra en lo que respecta a Dios. «Dar a Dios lo que es de Dios supone fidelidad a los deberes sociales y políticos, pero en la línea, el espíritu y las exigencias del evangelio, porque todo depende de Dios. Todo hombre debe, pues, vivir su vida de hombre en cuanto hombre y en el contexto social en que se encuentre, intentando trabajar por el progreso y el bienestar. Pero debe hacerlo obedeciendo a lo que el evangelio le indica. Por otra parte, la proclamación del evangelio por la Iglesia debe recordar a la política la primacía de Dios y la necesidad de ir por la vía de sus mandamientos, precisamente en orden a la felicidad humana de la comunidad, de esa comunidad a la que tiene el encargo de conducirla a la felicidad. Ambos adagios son, en consecuencia, complementarios, pero el «dad a Dios lo que es de Dios» es primero y de él dimana la obligación y el fundamento del segundo: «dad al César lo que es del César».

Pero Jesús introduce un elemento nuevo que no estaba presente en la pregunta que le hacían. Jesús añade el «dar a Dios lo que es de Dios«, que supone un elemento revolucionario y contestatario de su mensaje. Para Jesús, Dios y la causa del Reino de Dios son el único absoluto. Todas las otras realidades humanas no son negadas, se les reconoce su valor, pero no constituyen nunca un absoluto: la familia, la vida misma y, por supuesto, el mismo poder, no pueden ocupar el primer plano en la escala de valores para el seguidor de Jesús. Hay situaciones en la vida en que esos valores pueden entrar en tensión y en conflicto con Dios y su Reino y, entonces, hay que estar dispuestos a sacrificarlos. Son situaciones en las que hay que repetir con Isaías: «Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mi no hay Dios».

Para Jesús ningún César puede ocupar el lugar que Dios debe tener en la vida.

La frase de Jesús ha sido entendida con cierta frecuencia como si se levantase una barrera entre la vida religiosa y la vida política y social, de tal forma que la religión quedase relegada al ámbito de la esfera privada e individual, arrinconada en las sacristías, sin incidencia alguna en la vida social; como si Jesús hubiese creado dos reinos distintos, el de Dios y el del César, en donde cada uno tuviese su poder omnímodo e independiente del otro. Este no es el pensamiento de Jesús: para El, sólo Dios es el Señor y no hay otro Dios fuera de él. Para Jesús, ningún poder político podrá ocupar el puesto que sólo le corresponde a Dios.

Esto no significa no reconocer la autonomía de la ciudad secular y de sus legítimos e indiscutibles derechos; no se trata de que el altar sustituya al trono o la cruz a la espada, ni siquiera de que se hermanen. La historia muestra como esas situaciones de suplantamiento o de hermanamiento han sido siempre negativas para la Iglesia y, probablemente, también para el Estado. El creyente en Jesús debe reconocer y asumir las legítimas exigencias de la sociedad civil, pero debe tener siempre en la mente que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres», que Dios es el único Señor y no hay otro fuera de él.

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Un autor, G. Bornkamm, aporta una sugerente interpretación de la frase de Jesús. Subraya que Jesús, antes de dar su famosa respuesta, pregunta quién es el que está representado en una moneda, de quién es esa imagen. En este contexto se sitúa la respuesta de Jesús: «La imagen de la moneda pertenece al César, pero los hombres no han de olvidar que llevan en sí mismos la imagen de Dios y, por lo tanto, sólo le pertenecen a El». Jesús nos quiere decir: «dad al césar lo que le pertenece a él, pero no olvidéis que vosotros mismos pertenecéis a Dios». (J. A. Pagola).

¿Hay algo en el mundo que no sea de Dios? Son de Dios los hombres y las cosas, el presente y el futuro, los gobernantes de todo tipo. Todos somos de Dios, llevamos la imagen y la inscripción de Dios en nuestro ser profundo. Imagen que puede desdibujarse, pero nunca borrarse del todo mientras vivamos. Y porque somos de Dios, cada uno de nosotros vale más que cualquier autoridad civil o religiosa de la tierra. Ninguna autoridad puede arrogarse atributos totalitarios y absolutos; ninguna autoridad es dueña del hombre y de su conciencia. Ser de Dios nos obliga a realizarnos como personas responsables y solidarias, a llevar a plenitud el plan que Dios se propuso realizar en nosotros, como individuos y como humanidad, antes de crear el mundo (Ef 1,4-5).

Pocas frases de Jesús han sido objeto de interpretaciones más interesadas e, incluso, de manipulaciones como ésta que escuchamos en el evangelio de hoy: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Estas palabras de Jesús han sido utilizadas para establecer una frontera clara entre lo político y lo religioso y defender así la autonomía absoluta del estado ante cualquier interpelación hecha desde la fe.

Según esta interpretación, Jesús habría colocado al hombre, por una parte, ante unas obligaciones de carácter cívico-político y, por otra, ante una interpelación religiosa. Como si el hombre tuviera que responder de los asuntos socio-políticos ante el poder político y de los asuntos religiosos ante Dios.

Ha sido G. Bornkamm quien, con claridad, ha ahondado en el verdadero sentido de la sentencia de Jesús.

El acento de las palabras de Jesús está en la parte final. Le han preguntado insidiosamente por el problema de los tributos y Jesús resuelve prontamente el problema. Si manejan moneda que pertenece al césar, habrán de someterse a las consecuencias que ello implica.

Pero Jesús introduce una idea nueva que no aparecía en la pregunta de los adversarios.

De forma inesperada, introduce a Dios en el planteamiento. La imagen de la moneda pertenece al césar, pero los hombres no han de olvidar que llevan en sí mismos la imagen de Dios y, por lo tanto, sólo le pertenecen a El.

Es entonces cuando podemos captar el pensamiento de Jesús.

«Dad al césar lo que le pertenece a él, pero no olvidéis que vosotros mismos pertenecéis a Dios».

Para Jesús, el césar y Dios no son dos autoridades de rango semejante que se han de repartir la sumisión de los hombres. Dios está por encima de cualquier césar y éste no puede nunca exigir lo que pertenece a Dios.

En unos tiempos en que crece el poder del estado de manera insospechada y a los ciudadanos les resulta cada vez más difícil defender su libertad en medio de una sociedad burocrática donde casi todo está dirigido y controlado perfectamente, los creyentes no hemos de dejarnos robar nuestra conciencia y nuestra libertad por ningún poder.

Hemos de cumplir con honradez nuestros deberes ciudadanos, pero no hemos de dejarnos modelar ni dirigir por ningún poder que nos enfrente con las exigencias fundamentales de la fe.

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La sentencia evangélica "dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" ha contribuido a esclarecer lo que es del César y lo que no es del César.

Pero no parece haber ayudado en la misma medida a clarificar lo que es de Dios, o sea, lo que no pertenece al poder. 

Y lo que es de Dios no es, ciertamente, el templo o los lugares sagrados, ni los objetos religiosos, ni las ceremonias litúrgicas, ni los ornamentos sagrados, ni mucho menos los tesoros acumulados. Todo eso puede merecer un respeto por su función, pero son hombres los que deciden destinarlo a eso. No Dios.

En cambio, para un creyente, hay algo que procede indefectiblemente de Dios y que, por tanto, a él pertenece en exclusiva. Y eso que es indiscutiblemente de Dios, según la fe, es la dignidad del hombre y sus derechos. Lo que sí es de Dios, es, pues, el paro de los que no encuentran trabajo, el hambre de los que no tienen pan, las lágrimas de los que sufren, la persecución de que son objeto los que luchan por la justicia. Lo que sí es de Dios es la justicia de los explotados, la libertad de los oprimidos, la conciencia del individuo. Porque todo eso pertenece a la naturaleza del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.

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